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¡Queridos Hermanos, buenos días!

Ya son muchas las ocasiones en las que me encuentro frente a una cámara de videos para poder llegar a todos, para encontrarnos. Nos hemos encontrado con los hermanos de las Américas, con los hermanos de la India, con los hermanos de Europa, con los hermanos italianos. En fin, tantas ocasiones porque la pandemia nos obligó a estar encerrados y muchas veces podemos vernos y encontrarnos sólo a través de estos medios. Pero esta es una ocasión tradicional por una parte, pero también siempre muy importante para poder escuchar todos una vez más, para dirigir a todos un saludo en esta Navidad que se avecina.

El Padre ama mucho al hombre. No sé si nosotros lo hemos entendido del todo, pero pienso que no. Porque este misterio del Padre que nos ama y que con extrema claridad se revela en la Encarnación del Hijo es un gran misterio. Indica que nuestra carne, nuestras personas, lo que somos, son tan dignas delante de los ojos del Padre, que su mismo Hijo los toma para sí. Quizás nosotros no tenemos siempre una valoración tan buena sobre nosotros mismos, como es buena la valoración que le Padre hace de nosotros. Nosotros somos dignos. El Padre nos está diciendo a través de la Encarnación del Hijo que somos dignos de Él, que nos quiere mucho. Sin embargo, nos conoce bien, conoce nuestros límites, conoce nuestros pecados, conoce nuestras fragilidades. Pero esto no es un impedimento para que el Padre nos quiera mucho, de hecho la Encarnación del Hijo quizás sea el signo más evidente de que nuestras fragilidades no son impedimentos.

Debemos hacer un pequeño paso y crecer en la comprensión este gran misterio, que es el sentido de nuestra vida, es sentido de la vida del hombre. Si queremos crecer, debemos abrir una pequeña rendija al Señor que viene. ¡No hay dudas sobre el amor del Padre! La Encarnación nos lo dice todo: como nos ama, como nos aprecia y como desea la salvación para nosotros, cercanía con Él, filiación divina. Pero hay un pequeño problema: nosotros esto lo experimentamos sólo cuando abrimos una pequeña rendija para acoger al Señor. El hecho de celebrar cada año este misterio es un verdadero impulso. En realidad, ya hemos abierto muchas veces la ventana de nuestra vida al Señor -esto es obvio- pero luego estamos como distraídos por las variadas situaciones que vivimos. A veces nos olvidamos. Entonces es oportuno repetirnos: mira que la vida se hace digna en todo ámbito, si logramos abrir una vez más una pequeña rendija al Señor.

¿Por qué? ¿Qué sucede? Hace unos días, leyendo algunos libros, me encontré con un antiguo texto rabínico que comenta el Cantar de los Cantares, que dice así: “El Señor dice a Israel: hijos míos abridme una rendija de conversión, pequeña como como el ojo de una aguja, y yo os abriré un pasaje, donde podrán pasar carruajes y carretas (Shir HaShirim Rabbah, 5,2).

Entonces, el deseo que quiero haceros llegar de todo corazón, de corazón a todos mis hermanos, es que podáis abrir una rendija al Señor, para que pase, pasen carruajes, ¡pasen los carros de la benevolencia del Señor! Él nos ama y entonces estamos bien, si nosotros abrimos una rendija a su amor.

¡Muchas felicidades hermanos para todos!

Fr. Roberto Genuin
Ministro Generale OFMCap

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